Compramos un “espacio STEM”… y seis meses después era una bodega
- Jairo Botero

- 29 dic 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: hace 5 días
+Infografía + Bonus Track
La inauguración fue impecable: cinta, fotos, sonrisas y un discurso sobre el futuro. El nuevo “Espacio STEM” brillaba: equipos recién instalados, muebles modernos, carteles inspiradores. Por un momento, parecía que el colegio acababa de dar un salto histórico.
Seis meses después, el espacio estaba casi vacío.
EVIDENCIA
Primero se usó para mostrarlo. Luego para una actividad especial de vez en cuando. Más tarde quedó “para el club”. Y, sin que nadie lo decidiera explícitamente, terminó convertido en bodega: cajas, sillas arrumadas, cosas “temporales” que ya nadie reclamó.
La parte curiosa es que, cuando pasa, casi nunca se ve como un fracaso “formal”. No hay un acto de cierre, no hay una decisión oficial diciendo “esto no funcionó”. Simplemente ocurre el desplazamiento: lo urgente se come lo importante, la agenda diaria manda, y el espacio va quedando para después… hasta que “después” ya no llega.
Y lo más importante: esto no sucede porque falte buena voluntad. Sucede incluso en instituciones con equipos comprometidos, docentes capaces y directivos que de verdad quieren transformar. El problema suele ser otro: se confunde una inversión en infraestructura con una transformación educativa.
Un espacio no fracasa por falta de tecnología. Fracasa porque el colegio lo trató como infraestructura, cuando en realidad era un cambio de sistema. Un cambio de sistema significa tocar cosas menos “fotografiables” y más determinantes: qué experiencias de aprendizaje van a ocurrir ahí, cómo se conectan con el currículo, qué evidencias van a producir los estudiantes, cómo se va a evaluar, qué tiempos reales se van a asignar y quién tiene el mandato para liderar la implementación.
Este blog no es una crítica a invertir. Al contrario: invertir puede ser una palanca poderosa. Pero vale la pena decirlo sin adornos: cuando se empieza por la compra para evitar la conversación difícil, el resultado tiende a repetirse.
¿POR QUÉ PASA?
Hay un patrón que se repite. Al principio el espacio se usa con entusiasmo, pero en modo “evento”: la clase especial, la visita guiada, la actividad que se hace cuando hay tiempo. Luego llega la realidad operativa del colegio: el horario rígido, las evaluaciones que no se mueven, los contenidos que hay que “cubrir”, los reportes, las urgencias diarias. Y, sin que nadie lo diga, el espacio se vuelve un extra.
En paralelo, aparece una expectativa silenciosa y peligrosa: que el espacio por sí mismo “arrastre” la transformación. Como si la sola presencia del laboratorio obligara al colegio a cambiar. Pero un espacio no rediseña clases, no forma docentes, no reorganiza tiempos, no define evidencias, no alinea criterios de evaluación. Eso lo hace el colegio… o no lo hace.
Cuando el sistema no cambia, el espacio queda atrapado en una contradicción: se supone que allí ocurran experiencias nuevas (diseño, prototipado, indagación, análisis de datos, trabajo interdisciplinario), pero el colegio sigue funcionando con la lógica de siempre. Y la lógica de siempre termina ganando.
Por eso, antes de hablar de equipos, proveedores o metodologías, vale la pena mirar el núcleo del asunto:
un espacio educativo es una decisión pedagógica y organizacional, no solo una decisión de infraestructura.
Las 7 causas más comunes del “laboratorio bodega”
1) Se definió el espacio, pero no el aprendizaje
Síntoma: el colegio puede describir muy bien qué compró, pero le cuesta explicar qué aprendizajes nuevos iban a aparecer gracias a esa inversión.Cuando el objetivo real es “tener un espacio moderno” o “ponernos al día”, el proyecto queda sin brújula pedagógica. Y sin brújula, el uso se vuelve ocasional: una actividad interesante aquí, una visita allá, un taller cuando hay invitado… pero no un cambio sostenido.
La pregunta que debió existir desde el día uno es simple y exigente:
¿Qué será capaz de hacer un estudiante al final del año gracias a este espacio, que antes no podía hacer?
Si esa respuesta no existe, todo lo demás queda a la deriva.
2) Se habló de innovación, pero no se definieron evidencias
Síntoma: el espacio “se usa”, pero nadie puede mostrar evidencias claras de aprendizaje más allá de fotos o productos finales bonitos.Cuando la evidencia aparece solo al final, el sistema premia lo superficial: el afiche, la maqueta, la presentación. En cambio, la transformación real se nota en evidencias pequeñas durante el proceso: decisiones justificadas, datos recolectados, iteraciones, criterios, argumentación.
Si el espacio no cambia lo que el colegio considera “evidencia válida”, el espacio termina siendo un escenario, no un motor de aprendizaje.
3) La rutina ganó porque el horario no cambió
Síntoma: el espacio se reserva “cuando se puede”, y casi nunca se puede. Una experiencia de diseño o indagación necesita tiempos distintos: planear, probar, fallar, ajustar, volver a probar. Si todo está comprimido en bloques cortos e idénticos, el espacio se vuelve una interrupción de la rutina, no parte de la rutina.
Aquí hay una verdad incómoda para directivos:
si no se toca el tiempo, no se toca el sistema.
4) Se capacitó, pero no se acompañó
Síntoma: hubo un taller inicial excelente, pero a los dos meses cada quien volvió a su forma habitual de enseñar. Formación no es transformación. La transformación aparece cuando el docente no solo “aprende una herramienta”, sino que rediseña una experiencia, la implementa, la observa, la ajusta y la repite con apoyo.
Sin acompañamiento, el espacio termina dependiendo del entusiasmo momentáneo. Con acompañamiento, el espacio se vuelve cultura.
5) El proyecto dependió del “docente héroe”
Síntoma: si esa persona falta, el espacio se apaga. Esto pasa incluso en colegios muy buenos: alguien se apropia, se vuelve el motor, y todo funciona mientras esa persona sostiene la carga. Pero esa carga no es sostenible.
Cuando un espacio depende de uno o dos, la institución no transformó: delegó.
6) La evaluación siguió igual
Síntoma: se pide creatividad, pero se califica como siempre. En ese escenario los estudiantes aprenden rápido a optimizar: si lo que sube la nota es cumplir formato, memorizar o “presentar bonito”, entonces el espacio se usa para producir entregables… no para pensar.
La innovación no muere por falta de ideas. Muere por incoherencia del sistema de evaluación.
7) El éxito se midió por uso, no por impacto
Síntoma: los informes dicen “se usó X veces”, pero nadie sabe si eso cambió algo.“Que lo usen” es una métrica pobre. Un colegio puede usarlo mucho y aprender poco. O usarlo al principio con foco y luego expandir.
La métrica que importa es otra:
¿Qué evidencias nuevas aparecen? ¿Qué capacidades nuevas se consolidan? ¿Qué prácticas docentes se instalaron?

El giro: invertir sí, pero en el orden correcto
Invertir no es el error. El error es creer que la infraestructura, por sí sola, produce transformación. He visto colegios inaugurar espacios espectaculares y, meses después, descubrir que el problema nunca fue la falta de equipos: fue la falta de un modelo pedagógico y organizacional que los hiciera indispensables. Un espacio empieza a funcionar de verdad cuando el colegio puede responder, sin adornos, tres preguntas: qué aprendizaje nuevo va a ocurrir allí, cómo se va a demostrar con evidencia, y qué prácticas docentes y condiciones de tiempo/evaluación van a sostenerlo cada semana. Si esas respuestas no existen, el espacio queda condenado a lo excepcional: visitas, eventos, clubes… y la rutina termina ganando.
Para dar el giro, es necesaria una transformación importante del modelo institucional y pedagógico, tal como nuestro Marco de Referencia lo menciona. Por eso, antes de firmar una compra grande, o para reencauzar una inversión que ya se hizo, lo sensato es hacer primero el trabajo “invisible”: un diagnóstico corto pero serio, elegir una experiencia troncal para pilotear, diseñar evidencias durante el proceso, acompañar a docentes en implementación real, y ajustar con lo que muestran los datos. Luego sí: escalar con criterio, no con entusiasmo. La salida no es “usar más el espacio”, sino convertirlo en parte del sistema académico, con responsabilidades claras, evaluación coherente y mejora continua.
Conclusión
Un espacio STEM/tecnología puede ser mucho más que un lugar bonito: puede convertirse en el punto de inflexión donde una institución empieza a enseñar y a aprender de otra manera. Pero eso no ocurre por accidente. Ocurre cuando la organización se atreve a pasar de la intención a la práctica: definir aprendizajes reales, producir evidencias durante el proceso, acompañar a los docentes en aula, ajustar con humildad lo que no funciona y sostener lo que sí. En ese momento, el espacio deja de “usarse” y empieza a transformar.
Si tu institución está por invertir, o si ya invirtió y quiere rescatar el sentido de esa apuesta, no tienen que hacerlo solos. Una ruta bien diseñada, por fases, con criterios académicos y evidencias, reduce el desgaste, acelera resultados y convierte la inversión en una experiencia educativa que se note en los estudiantes. Si quieres que conversemos, escríbenos: podemos ayudarte a diagnosticar el punto de partida, pilotear una experiencia troncal y construir un plan de escalamiento realista para que el espacio vuelva a ser lo que prometía: aprendizaje vivo, riguroso y sostenible.
Jairo Botero Espinosa
CONASTEM. www.conastem.org
Bonus Track




Comentarios